¿Quién cuida a quienes educan y cuidan?

¿Cómo viven las maestras y los maestros la previa del retorno a clase en un contexto que sigue siendo de emergencia? El siguiente informe, elaborado el 15 de junio de 2020 por Teresa Supervielle, de la Comisión Infancia de la Red Pro Cuidados, releva el relato de los protagonistas y resume los hechos, sus sentimientos y preocupaciones.

Espacio de educación y cuidados "Rinconcito SUPU" junto a Sindicato de Funcionarios Policiales en Florida. Foto Presidencia de la República
Espacio de educación y cuidados «Rinconcito SUPU» junto a Sindicato de Funcionarios Policiales en Florida. Foto: Presidencia de la República

Desde el inicio de la pandemia hemos escuchado manifestaciones por parte de las y los docentes, sus organizaciones gremiales, y por parte de las autoridades de ANEP y del MEC, sobre el retorno a clase, las condiciones necesarias y las posibles implicancias para niñas, niños y adolescentes (en adelante NNA), junto al personal docente y no docente de escuela, liceos y UTU a nivel público como privado.

A continuación se resume una serie de intercambios realizados con maestras de enseñanza primaria de Montevideo, de escuela común o de tiempo extendido (una cumple también función de tallerista en su escuela, lo que significa que además de tener un grupo de 30 niños/as a cargo, interviene semanalmente en 8 grupos de distintos niveles), una maestra de educación inicial de un colegio privado de Montevideo, y un maestro rural de Salto que además es docente en el IFD de su departamento.

LAS PRIMERAS MEDIDAS Y OBSERVACIONES

En primer lugar se destaca lo sorpresivo que ha sido para todas y todos, docentes, NNA y sus familias, el cierre de los centros educativos a los 15 días de retomar las clases, y la rapidez con la que hubo que adaptarse a esta situación totalmente desconocida de confinamiento y educación a distancia. Ello requirió un esfuerzo importante por parte de los docentes para pasar de la educación presencial en aula a una educación virtual, sin haber recibido una formación específica previa para el uso de las herramientas (w.app grupal, zoom, plataforma)- salvo las impartidas en el marco del Plan Ceibal-, y en el manejo de grupos a distancia.

Los docentes desconocían en qué condiciones se encontraban los y las alumnos/as al otro lado de la pantalla, si contaban con cierta privacidad para concentrarse en las actividades virtuales, o debían compartir el espacio, el celular o la computadora con el resto de la familia, hermanos y hermanas. Además, con los más pequeños se evidenció la imposibilidad de construir una relación individual afectiva y de confianza al haber interrumpido el contacto diario con los mismos a dos semanas del comienzo de las clases. También se señaló la ausencia de contacto directo con las familias, que en algunos casos apenas conocían, al no haber tenido la oportunidad de mantener más de una reunión de padres desde el inicio del año lectivo, si es que la hubo. Se alertó sobre la pérdida del contacto directo e interacción de niñas y niños con sus compañeros/as, así como la imposibilidad de juegos colectivos y de actividad física al aire libre, que para algunos/as solo experimentan en la escuela.

A esto se suma la preocupación acerca de la dificultad o imposibilidad de conexión vía banda ancha, en general para quienes se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad. Por ejemplo, en algunas escuelas rurales de Salto, uno de los únicos lugares donde existía posibilidad de conexión era el mismo centro educativo, lo que volvió inviable las clases a distancia. En este caso solo se pudo enviar tareas a través de los celulares de los padres, o entregar fotocopias a las familias que debían concurrir al local escolar para levantarlas.

Al prolongarse la situación, se produjo un fenómeno de discontinuidad o de deserción total por parte de varios/as alumnos/as. Si bien al principio lograban mantener el contacto –a veces en forma intermitente-, por la dificultad de conectividad antes mencionada, por no contar con un referente adulto a su lado para estimularlos, o que tuviera un conocimiento suficiente acerca de las herramientas utilizadas, se concretaba su desvinculación. A medida que los padres y madres retornaban al trabajo, los más pequeños quedaron solos en casa a cargo de los hermanos mayores, de sus abuelos o de terceros que no siempre contaban con el tiempo,  la paciencia o los conocimientos para apoyarlos en la tarea.

Para hacer frente a la problemática de la continuidad educativa, desde muchas escuelas se han organizado visitas domiciliarias para conocer la situación real de los alumnos desvinculados, y tratar de ayudarlos a retomar contacto con los aprendizajes en la medida que fuera posible. También con menor frecuencia se atendía individualmente o en grupos pequeños a los alumnos/las con mayores dificultades a pesar del “cierre oficial” de las escuelas. Estas actividades se realizaban a iniciativa de los equipos docentes y de las direcciones, con orientaciones de las inspecciones en algunos casos.

Las maestras madres de familia vivieron en todo el periodo una sobrecarga de trabajo, entre el cuidado de sus propios hijos en casa, las tareas domésticas no siempre compartidas (particularmente en el caso de mujeres solas) y la necesaria disponibilidad hacia sus alumnos en las sesiones diarias con los grupos o en la preparación de los materiales y corrección de las tareas en la plataforma Ceibal. A esto se agregaba las guardias por turno en las escuelas para la distribución de las viandas, participar en el reparto, conversar con familias y niños/as que concurrían a buscarlas. Todo ello sin contar con las debidas protecciones sanitarias. El personal de las escuelas no recibió tapabocas ni alcohol en gel de ANEP, por lo menos en las primeras semanas, donde solo se pudo contar con una partida mensual de 2000 pesos para todos los gastos de limpieza e higiene de la escuela.

Toda esta situación nueva, compleja, en un contexto de incertidumbre sobre el futuro generó mucho estrés y tensiones a la interna de los hogares de las y los docentes, que vivían dificultades comunes a todas las personas obligadas al teletrabajo, agregando a ello su preocupación por la situación vivida por sus alumnos/as.

Las autoridades no dimensionaron correctamente esta sobrecarga de trabajo ni las condiciones en que los docentes debían asumir la tarea educativa a distancia en su propio hogar, a veces en condiciones límites, con sus propias herramientas (celulares y computadoras compartidas a menudo con otros integrantes de la familia), usando la conexión Wifi de su hogar, con los costos adicionales que generaba. Tampoco podían intercambiar fluidamente con sus colegas ni recibir orientaciones de sus jerarquías, por la falta de tiempo y la improvisación general. Varios docentes se sintieron poco respaldados y experimentaron bastante soledad en este proceso.

Se vivió también con dificultad el “negociar” con los otros miembros de la familia los espacios y los tiempos dedicados al teletrabajo con los de las otras actividades que se realizan habitualmente en el hogar, tales como cuidar, cocinar, limpiar, supervisar los deberes de los hijos y compartir juegos en el confinamiento. Incluso implicó coordinar tiempos y equipamiento de teletrabajo con el compañero/a, cuando estaban sometidos a este mismo régimen.

EL REGRESO

A pesar de todo, esta situación, porque fue vivida como excepcional, se encaró positivamente y solidariamente, sin mayores quejas y reivindicaciones por parte de los involucrados, que expresaron que estos sacrificios eran una contribución al esfuerzo de todos los uruguayos para superar esta crisis. Al visualizar la salida de la etapa de emergencia sanitaria, las autoridades de ANEP establecieron un cronograma de reapertura de los centros educativos y un protocolo de retorno a las actividades presenciales. En los departamentos del Interior, salvo Rivera y Treinta y Tres por los riesgos de público conocimiento, ya es una realidad.

En estas primeras semanas el reingreso progresivo de los alumnos no parece haber generado problemas mayores. Por el contrario, se nota por parte de las familias ciertas resistencias para el retorno a la escuela de sus hijos e hijas, en particular en escuelas rurales donde se ha recibido solo un 50% del alumnado hasta mediado de junio. En Montevideo y zona metropolitana las maestras/os ya están concurriendo varios días a la semana a sus respectivos centros educativos, para las reuniones de coordinación, acordar las medidas preventivas a tomar en cada institución en cuanto a higiene, organización de los grupos, de los salones, etc. Se considera que las recomendaciones en cuanto a distanciamiento físico serán muy difíciles de aplicar con los niños y niñas, en particular con los más pequeños.

Actualmente se discute en las escuelas cómo aplicar el protocolo sin lesionar la libertad de movimiento y expresión de los alumnos/as, y sin inculcar el miedo al otro, ya que en las familias se ha transmitido esto como medida de protección individual y para el grupo familiar, en particular hacia los abuelos (ver encuesta “Infancias y Adolescencias en cuarentena” Comité DDNN, UNICEF y otros, mayo 2020).

Cómo se va a organizar el trabajo concreto con los NNA en las próximas semanas y en los próximos meses sigue siendo una pregunta que se hacen los docentes. Por lo pronto, los grupos se van a dividir, lo que significa que el horario de concurrencia semanal será restringido, no más de 4 horas por día, dos días a la semana. Lo mismo se repite en algunos centros educativos superpoblados o con locales insuficientes, donde esta medida parece bastante impracticable.

Se prevé continuar con el trabajo por plataforma después del retorno a la actividad presencial parcial. Esto significa que la brecha educativa se profundizará para los NNA que no tienen fácil acceso y no cuentan con conectividad desde su casa. Además de constituir una recarga para los docentes que deberán asumir ambas modalidades simultáneamente en un tiempo acotado, y realizar las acciones necesarias (llamadas telefónicas, visitas domiciliarias) para tratar de estimular el retorno a clase de los alumnos desvinculados.

El horario limitado en la semana, la concurrencia alternada de los NNA de mañana o de tarde, dos días semanales, no va a solucionar el tema de cuidados para las familias trabajadoras, pero sí complicar sobre medida la organización del hogar, sobre todo para los que tienen varios hijos/as escolares que concurrirán en distintos horarios. Tampoco parece muy provechoso para la continuidad de su aprendizaje y socialización. En algunos centros privados donde los efectivos por clase son más reducidos que en las escuelas públicas, la concurrencia será de 4 horas todos los días, lo que nuevamente genera desigualdades entre enseñanza pública y privada.

Se anunció que -salvo en escuelas rurales- no se van a reabrir inmediatamente los servicios de comedores, por lo que parece que el sistema de bandejas continuará funcionando para los más vulnerables en las escuelas públicas urbanas, lo que constituiría otra recarga de trabajo para los docentes.

Por otra parte, el protocolo de ANEP no incluye ningún ítem para los niños y niñas con discapacidad integrados en escuelas comunes, ni para la concurrencia de sus acompañantes terapéuticos o asistentes personales cuando el caso lo requiere.

LAS PREGUNTAS QUE SIGUEN ABIERTAS

La impresión que dejan las entrevistas es que existe mucho entusiasmo por parte de los docentes para reanudar la tarea presencial, pero también bastante preocupación por la continuidad educativa de los alumnos/as que viven situaciones críticas a nivel socioeconómico y/o vulneración de derechos, violencia intrafamiliar, entre otros. Las/os educadores tienen la impresión que las autoridades están más preocupadas por el número de niños/as que van a concurrir a los centros educativos, que por la situación que están y estarán viviendo en el mediano plazo, en la escuela y en su hogar. Ambas situaciones son percibidas como muy preocupantes por las y los docentes.

Existe también cierto temor en cuanto a la forma en que se va a realizar el retorno a clase. Se teme a la desorganización, a las dificultades de readaptación a una nueva normalidad tanto por parte de los niños/as como de los adultos. No hay claridad sobre cómo piensan las autoridades de ANEP implementar una formación seria y planificada de pedagogía a distancia si se va a seguir aplicando las dos modalidades de educación presenciales y virtuales simultáneamente, en esta próxima etapa de retorno a las actividades. Es de esperar que las autoridades tomen las medidas necesarias para que estos cambios en las modalidades de enseñanza y aprendizaje tengan mayor respaldo técnico, a la vez que provean a los docentes de los materiales y herramientas tecnológicas necesarias para su desempeño.

Algunos problemas que afectan a maestras y maestros jóvenes de todo el país que no tienen cargo efectivo, quedan a su vez invisibilizados, por lo que se los coloca en una franja de vulnerabilidad e inseguridad a corto y mediano plazo. Al no haber podido elegir cargo en marzo, pasan a ser desocupados, pero sin recibir ningún respaldo económico ya que no pueden acceder a ningún seguro de paro. El riesgo de desánimo, de angustia o de abandono de su vocación para replegarse sobre cualquier trabajo de subsistencia deberían ser preocupaciones para las actuales autoridades.

¿Qué pasará con las maestras y los maestros de mañana? ¿Cómo quedará afectado el futuro de la educación y los cuidados a la infancia de nuestro país? ¿Qué medidas se tomarán para cuidar a los educadores? Todas estas son preguntas requieren respuestas claras y rápidas por parte de las autoridades en esta etapa de retorno a una nueva normalidad.